¿Realmente aún queda algo por hacer para salvar a la humanidad del inmenso caos en el que se abisma?

domingo, 13 de mayo de 2007

Mejor que ayer
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¡Cuántas veces había despertado soñando con estar el cielo! Esa es una utopía cuando se es un hombre pobre como yo. Pero en esa ocasión estaba convencido de que esa mañana era distinta a las demás. Había en el céfiro un extraño efluvio de miel y canela que hacía despertar los instintos y hacía olvidar toda pena que pudiese haber en el alma.
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Eran las siete menos doce y mi almadraque yacía sobre los azulejos. Había dormido plácidamente. Era una fresca mañana de enero, cuando la brisa aún trae por las mañanas la fragancia de las flores silvestres y de los mangos maduros. Aparté la frazada de tantos años y me escarpé un poco sobre el borde de la cama y reflexioné por algún instante sobre lo que había vivido ayer. Pasaron sólo seis minutos, me levanté. Creí por un momento que había tardado como media hora. Volví en mí y me incorporé de nuevo a lo que hacía. No sabía qué me podría ocurrir aquel día, sólo llevaba grabada la bella imagen de mi amada y una cándida esperanza por cumplir mis sueños y abandonar las penas de mi vida.
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A veces pensaba que cada día era mejor que el anterior. En realidad cada día es mejor que el anterior. Y, aunque era un hombre que no tenía muchas ideas, siempre creí que cada día era mejor que el anterior. En mi vida aprendí que la vida tiene momentos llenos de dicha, pero muchas personas no lo comprenden. Aprendí que las sombras prevalecen mientras no haya una luz que resplandezca. Y eso muchas personas tampoco lo comprenden. Aprendí que vale más un amor sincero que un amor por dinero. Eso, eso muy pocas personas lo comprenden. Pero, sobre todo, aprendí que cada día es mejor que el anterior y eso... eso es algo que ninguno comprende.
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Aprovechaba siempre las primeras horas del día para soñar con el cielo y aliviar mis pesares, sobre todo mientras realizaba la rutina de cada mañana. Las castálidas estaban siempre allí para saludarme. Y cómo me hacían reír con sus ocurrencias. Quizás ellas eran como yo. Ellas mismas eran como yo. Tal vez soñaban también con llegar al cielo, no lo sé. Sólo sé que me hacían reír con sus ocurrencias. Una vez me hicieron llorar. Estaban todas confabuladas para no hacerme reír, y me hicieron llorar. Bueno, al final de cuentas, me hacían reír. Sí, esa misma vez que me hicieron llorar, también me hicieron reír.
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Era un poco difícil pensar que cada día es mejor que el anterior cuando se es un hombre pobre como yo. Pero más doloroso para mí era estar solo, sin mi amada. Ella se había ido sin despedirse, ella se había marchado sin decir agur. No obstante, seguía creyendo que cada día es mejor que el anterior. También soñaba con alcanzar el cielo, pero eso es una utopía cuando se es un hombre pobre como yo.
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Era necesario para mí tener una idea clara cuando tenía muchas preocupaciones, eso me ayudaba a calmar mis ansias y mi estado anímico. Bueno, en realidad, no eran muchas las ideas que pasaban por mi mente. Sin embargo, trataba de centrarme en alguna con la firme convicción de desentenderme de mis preocupaciones y esa mañana traté de aferrarme a la sola idea de escapar de aquella agonía que sufría. No me fue tan mal después de todo.
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Debía ir al mercado para tratar de encontrarle venta a mis trabajos, así que me vestí y salí al encuentro de esa persona que podría evaluar mis lienzos y se quedaría con el que más le agradara.
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No me costó mucho esfuerzo hacerme con el paquete de cinco lienzos que estibaba todos los fines de semana.
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Nueve, diez, once de la mañana y aún no había encontrado a nadie que apreciara el arte.
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¡No puede ser posible, pensé! Era asombroso cómo la gente desconocía el valor del arte en aquella zona.
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Al fin, una señora ya anciana, cabellos largos y aguedejados. Bastante gibosa por los años que transigía. Vestido de lana y zapatos marrones de talle bajo.
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- Buenos días -musitó ella, con una voz entrecortada que sonaba más a dolor que a regocijo-.
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- Buenos días, bella dama. Era algo característico de mi parte elogiar a los demás.
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- Me parece que has reflejado una escena muy sombría en esa pintura.
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- ¿Usted cree?
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- No lo creo, sólo es la impresión que puedo tener de tu trabajo. Es muy bonita.
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Se estaba refiriendo al trabajo que apenas había terminado la tarde anterior. Se veía bastante emocionada por la forma como se iban rezumando sus ojos mientras miraba el lienzo de un poco más de un metro de largo.
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- Me gustaría llevarlo, pero no creo tener suficiente dinero. Bueno, realmente tengo el dinero, pero debo comprarle a mi nieto su medicina. Él ha estado muy enfermo estos días.
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Por la forma sincera con que me hablaba y por el nudo que sentí en su garganta, accedí a venderlo por muy poco dinero. Al final de cuentas- pensé- no he vendido nada en más de nueve meses. En realidad, sabía que esa mañana era diferente a las demás. Estaba emocionado al saber que había comenzado el nuevo año con pie firme. Estaba a gusto conmigo mismo y con los demás. Sin embargo, estaba aturdido por la actitud de la anciana.
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No podía salir de mi conmoción. Cómo era posible que la persona menos esperada quisiera procurarse uno de mis trabajos y precisamente el último que había hecho. Eso era lo que más me urdía. Me maravillaba sobremanera que el lienzo que acababa de terminar fuera el primero en abandonar mi colección. También me azoraban las palabras que pronunció antes de retirarse y confundirse entre tanta gente. Me dijo: “Espero que recuerdes algo importante en tu vida, si quieres que la gente te valore, valórate a ti mismo”.
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De forma casi instantánea comprendí la primera parte de su sentencia. Se estaba refiriendo al valor de mis trabajos, es decir, el valor que yo quería que las demás personas le dieran a mis trabajos. Pero lo que no me quedó muy claro fue la segunda frase. “Valórate a ti mismo”. Pensé, por un momento, que lo había dicho por mi forma andrajosa de vestir. También pensé que lo decía porque no debía estar triste si no lograba vender mis lienzos. Bueno, al final de cuentas, sabía que debía madurar un poco más.
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El lienzo que ya no figuraba dentro de mi florilegio había inspirado a aquella anciana de una forma nunca antes vista por mí. Me conmovía realmente el saber que a una persona de esa edad le llamara la atención ese tipo de cuadros. Cuando ella se acercó creí que se interesaría por el lienzo de los tres angelitos o por el de las rosas al viento o quizás el del molino de viento con los campesinos en el sembradío. Realmente no creí jamás que se interesaría por el cuadro más tétrico que me había atrevido a pintar. Se trataba de un lienzo un poco extraño, el cual presentaba a un hombre anciano que intentaba subir al cielo por una escalera pero se lo impedían sus piernas que se habían quedado enraizadas dentro de una mezcla de barcia, crústulas y cieno. No era muy difícil comprender el significado de la escena; sin embargo, pareciera que la anciana pudo ver reflejada en la pintura algo más que un simple concepto.
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Eran más de las dos de la tarde cuando decidí regresar a la choza y tratar de comer algún trozo de pan que quedara en el anaquel. Mi madre no estaba cuando llegué, había salido a cortar algunas flores silvestres para colocarlas sobre la mesita de madera que estaba en la sala. ¡Siempre se alegraba cuando teníamos flores en la casa! Decía que la dicha y la felicidad estaban presentes en un hogar donde hubiera flores. A ella no le importaba que fueran flores silvestres. ¡Por supuesto que tenían que ser flores silvestres! ¡No teníamos dinero para comprar flores en el mercado!. Recuerdo que una vez, hace casi veinte años, cuando era apenas un chicuelo, compré una flor en el mercado. La había comprado con la intención de alegrar a mi madre con un detalle. Gasté casi todo el dinero que tenía guardado en la hucha, pero no me importó en realidad. La había comprado con todo el gusto del mundo porque era para alegrar a mi madre.
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Cuando iba de regreso presencié por el camino algo que jamás podré olvidar en mi vida. Observé que llevaban, por una de las calles del pueblo, un maderamen entre cuatro personas. Eran las únicas cuatro personas - aparte del sacerdote- presentes en el funesto. Las cuatro personas eran mi madre, un vecino y mis dos hermanas. Llevaban a descansar, eternamente, a mi padre. No pensé mucho en lo que podía hacer. En realidad, desde ese entonces, comenzaba a tener muy pocas ideas -o quizás las ideas se negaban a esperar por mí- y, a partir de ese entonces, las ideas se empezaban a desvanecer tan pronto como llegaban.
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Sin vacilar, me acerqué y coloqué en el centro del féretro, con un poco de asombro y desconcierto, la flor que había comprado para alegrar a mi madre.
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En realidad, fue a partir de ese plúmbeo día, hace casi veinte años, que aprendí que cada día es mejor que el anterior. Tenía pletóricas razones para pensar de esa manera. Pensaba que la vida estaba llena de momentos llenos de dicha, pero que muchas personas no lo comprendían. Fue a partir de ese día, hace casi veinte años, que verdaderamente aprendí que la vida está llena momentos llenos de dicha, pero muchas personas no lo comprenden.

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