Las Sombras
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Y el cuarto se iba llenando de sombras paulatinamente con cada instante que ocurría, mientras que apreciaba la luz que exiguamente brillaba. Envuelto en angustias y agonías por tener que libar aquella amargura, me daba consuelo a mí mismo soñando con el cielo como ya era costumbre.
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Era un recinto semiescotado; solo estaban los cuatro lienzos del año pasado, mis desgastados pinceles junto a la pequeña paleta, una banca un poco rota, mis musas y yo. Mis calzones desastrados, mis pies desnudos y mi pecho a la intemperie. Era como un desierto lo que había, era un vestigio a la histeria y al desvarío. Mi cabello no lucía muy bien; sin embargo, se apreciaba mejor que el de otros. Las manos ajadas por la humedad de los colores y por los ortos que tenían. Pero nada de eso me importaba, lo importante para mí eran otros factores. A veces pensaba que nada, en realidad, era importante.
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Yo no era un hombre de muchas ideas; bueno, a decir verdad, tenía muchas ideas, sólo que se esfumaban tan pronto como llegaban. No eran muchas las ideas que tenía; sin embargo, un halo corría por mis venas y gritaba vorazmente. Eran las mismas ideas que en otros tiempos me hicieran recordar a mi bienquista con tanto ahínco. No podía olvidarla aunque quisiera; sólo ella era la luz, sólo ella era la idea. Aunque sentí miedo, lo sé; sentí miedo de saber que ya no era mía; y aunque luché por encontrarla, ella se fue sin despedirse y sin decir agur. Algo la apartó de mí, quizás la arrastró un ciclón o tal vez la impelió un huracán. Sólo sé que sentía vacía mi vida y, aunque quisiera, no podía fruir.
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Todo era opaco, todo me parecía hostil. Los recuerdos de la otra noche vibraban en mi memoria con la misma fuerza y con la misma intensidad con que pintaba el último fragmento de mi nuevo lienzo y hacían de mi vida un completo desdén. Una historia inmerecida, un destino injusto e inexorable. No tenía la culpa de ser como era. Cuantas veces soñé con alcanzar el cielo y sólo encontré pedazos de tristeza y migajas de dolor. Todo era lúgubre a mi alrededor y me torturaban los segundos como llama que se adueña de las algabas en pleno verano.
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Bueno, al final de cuentas, era yo quien debía madurar un poco más. No tenía ni la más provecta idea de cómo lograrlo, pero debía hacerlo. Debía madurar. Parecía mentira, era ella quien me hacía madurar. También era ella quien me ayudaba en la tarea de hacerla madurar a sí misma y, de esa forma, me ayudaba a madurar también. ¿Porqué se fue, porqué me abandonó? Estaba lleno de dudas y lo único que hacía era darme consuelo a mí mismo soñando con el cielo como ya era costumbre.
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Bueno, al final de cuentas, era yo quien debía madurar un poco más. No tenía ni la más provecta idea de cómo lograrlo, pero debía hacerlo. Debía madurar. Parecía mentira, era ella quien me hacía madurar. También era ella quien me ayudaba en la tarea de hacerla madurar a sí misma y, de esa forma, me ayudaba a madurar también. ¿Porqué se fue, porqué me abandonó? Estaba lleno de dudas y lo único que hacía era darme consuelo a mí mismo soñando con el cielo como ya era costumbre.
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Ya las luces no brillaban, ya las sombras eran dueñas del lugar. Como lazos furtivos fueron atrapando los rincones y le daban al lugar un ambiente de nostalgia, de soledad. Los lienzos bailaban al compás de la brisa y mi mano ya marchita se negaba a trabajar. No podía retener la brocha por más tiempo. Era justo que después de tantos tragos amargos mi mente descansara del agobio que sentía. ¡Siempre dejaba, para el final, lo mejor! Y no pudo ser mejor.
Ya las luces no brillaban, ya las sombras eran dueñas del lugar. Como lazos furtivos fueron atrapando los rincones y le daban al lugar un ambiente de nostalgia, de soledad. Los lienzos bailaban al compás de la brisa y mi mano ya marchita se negaba a trabajar. No podía retener la brocha por más tiempo. Era justo que después de tantos tragos amargos mi mente descansara del agobio que sentía. ¡Siempre dejaba, para el final, lo mejor! Y no pudo ser mejor.
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Con hoscos pasos me acerqué a la ventana y, con sórdido movimiento, dejé escapar mi desazón. Apreciaba el mar justo enfrente de mi frente. También veía la misma ardilla de todas las auroras, aquella coqueta y graciosa. Mas mi mente sucumbió ante el recuerdo, ese incesante recuerdo de saber que ella no estaba. Ese recuerdo punzante que maltrataba mi interior. La recordaba y la soñaba, pero ella no estaba. La llamé, sí, la llamé en silencio; pero sé que mi silencio recorrió los mares y los rincones. Mi gélido silencio era mi pertinaz aliado, mi mórbida autocompasión también.
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Ya no quedan hombres libres, pensé. Fenecía de la rabia y de la impotencia por ser como era y por saber como era, un hombre pobre. En realidad era sólo eso, un hombre pobre. No era un pobre hombre, no. Era un hombre pobre. Sólo sabía pintar lienzos cargados de melancolía y decir alguna frase hermosa para alborozar a mi amada. Pero eso no alejaba mi realidad de ser un hombre pobre.
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Ya no quedan hombres libres, pensé. Fenecía de la rabia y de la impotencia por ser como era y por saber como era, un hombre pobre. En realidad era sólo eso, un hombre pobre. No era un pobre hombre, no. Era un hombre pobre. Sólo sabía pintar lienzos cargados de melancolía y decir alguna frase hermosa para alborozar a mi amada. Pero eso no alejaba mi realidad de ser un hombre pobre.
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El año pasado logré cuatro lienzos, pero aún siguen guardados en la mugrienta alcoba. Quienes han visto mis creaciones dicen que son hermosas, pero no quieren pagar un precio justo por ellas. En realidad ni siquiera querían pagarlas. Pero, bueno, al final de cuentas era yo quien debía madurar un poco más.
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Pensaba en mi miseria y pensaba en mi angustia. Mi angustia me hacía miserable y mi miseria me angustiaba. Está bien con una carga, pero dos ya enardecen. Yo era un hombre pobre y ella se había ido, ella se había ido y yo era un hombre pobre. Algunos me dijeron que ella se había ido porque yo era un hombre pobre, otros me dijeron que yo era un hombre pobre porque ella se había ido. Pero, al final de cuentas, ella se había ido y yo era un hombre pobre.
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Me centré en la sola idea de escapar de aquella agonía. Sabía bien lo que me convenía, debía obtener dos cosas a la vez, debía buscar lo que nunca había tenido y debía recuperar a quien había perdido. Debía buscar el hado para dejar de ser un hombre pobre y debía recuperarla a ella para volver a amarla como ayer y borrar así esa angustia que me laceraba las entrañas. Y, sí, me costó. Me costó mucho esa tarea; pero, como siempre, vivía soñando con llegar al cielo y siempre dejaba, para el final, lo mejor. Y no pudo ser mejor. En realidad, todo lo que ocurrió, fue lo mejor.
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Pensaba en mi miseria y pensaba en mi angustia. Mi angustia me hacía miserable y mi miseria me angustiaba. Está bien con una carga, pero dos ya enardecen. Yo era un hombre pobre y ella se había ido, ella se había ido y yo era un hombre pobre. Algunos me dijeron que ella se había ido porque yo era un hombre pobre, otros me dijeron que yo era un hombre pobre porque ella se había ido. Pero, al final de cuentas, ella se había ido y yo era un hombre pobre.
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Me centré en la sola idea de escapar de aquella agonía. Sabía bien lo que me convenía, debía obtener dos cosas a la vez, debía buscar lo que nunca había tenido y debía recuperar a quien había perdido. Debía buscar el hado para dejar de ser un hombre pobre y debía recuperarla a ella para volver a amarla como ayer y borrar así esa angustia que me laceraba las entrañas. Y, sí, me costó. Me costó mucho esa tarea; pero, como siempre, vivía soñando con llegar al cielo y siempre dejaba, para el final, lo mejor. Y no pudo ser mejor. En realidad, todo lo que ocurrió, fue lo mejor.
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Era entrada la tarde cuando irisaba. Era la noche cuando soñaba. Ya las luces no brillaban, ya las sombras eran dueñas del lugar.
1 comentario:
"Es tan facil para algunos culpar a los demas de sus errores, y aun mas dificil aceptarlo.Pero todo en la vida tiene su razon ser....que no es mas que pura realidad y aunque tratemos de justificar, enmendar los errores ellos siempre estaran alli para recordar que el daño ocasionado no se enmienda con palabras dichas o escritas, sino con actitudes positivas ante la vida y aunadas con hechos o acciones"
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