¿Realmente aún queda algo por hacer para salvar a la humanidad del inmenso caos en el que se abisma?

miércoles, 16 de mayo de 2007

El año pasado

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Las hojas secas sobre la calzada eran un símbolo vehemente de aquella época del año. Fue a principios de octubre cuando había decidido caminar por otros senderos, pero creo que debí haberlo pensado mejor. Siempre me vallaba con personas que servían de tropiezo a mis proyectos. Nunca se sabe a ciencia cierta lo que nos depara el día siguiente -pensaba- simplemente cada día es mejor que el anterior. Decidí encaminarme por otras sendas y explorar un poco el mundo que me rodeaba. No estaba muy seguro de lo que hacía. Siempre tuve la mala costumbre de dejarme llevar por las impresiones de mi ánima. Seguramente era el producto de mi imaginación y mis ganas de alcanzar el cielo lo que me hacía tomar decisiones un poco zascandiles o tal vez -me resigno- era mi mala fortuna y mi pobreza.

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Siempre es bueno tomar precaución cuando se toman decisiones. Nunca se sabe incólumemente lo que pudiera ocurrir. Aunque pensándolo bien, especulaba que todo estaba escrito en el libro de la vida y fatídicamente, quisiéramos o no, todo iba a ocurrir insoslayablemente. Era la marca ominosa que todo ser nacido llevaba sobre sus sienes y la cual tendría que aprender a sobrellevar durante toda su existencia. Quien afortunadamente nació en buenaventura, seguirá solazándose con ella aunque, inhumanamente, se convierta en ruin. Quien desdichadamente nació en la miseria, seguirá sucumbiendo ante ella aunque, afablemente, sueñe -como yo- con alcanzar el cielo.
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Pero no hay ningún motivo para alarmarse; no se debe temer en lo absoluto por ideas tan absurdas como esas. Estaba seguro de que esas ideas sólo eran paranoias de un hombre pobre como yo. No sabría decir si pensaba de esa forma por ser pobre o por no poder alcanzar el cielo. Lo cierto es que era un hombre pobre y quería alcanzar el cielo. Lo cierto es que siempre soñé con alcanzar el cielo por ser tan pobre.
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Había incoado con buen pie mi nueva peregrinación. Me sentía como renovado al pensar que una nueva experiencia me permitiría ahondar mis conocimientos y quizás me daría la posibilidad de estar más cerca del cielo. Estaba convencido de que cada día me iría acercando a ese lugar soñado, pero que, simultánea e irónicamente, se alejaba cada vez más de mí. Esperaba con impaciencia cada detalle que vendría a mi vida como una flama encendida para cambiar tantas cosas, para apaciguar mis tormentos, para llenarme de dicha, para borrar el pasado, para calmar mi dolor.
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Todo era normal hasta que llegaron las prometidas lluvias. Todo era sublime hasta llegar el irascible vendaval. Todo estaba impertérrito, sólo soplaba la brisa y hacía volar las hojas por sobre los collados. Parecía que todo iba a salir bien, sólo que esas siempre fueron las locas ideas de un hombre pobre como yo. No podía pensar en algo más importante que abandonar mis penas al encontrar un poco de providencia. Esa era mi gran realidad. Esa era mi única fortuna.
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Entonces, en las postrimerías de noviembre comenzaron a darse los primeros cambios; cambios realmente nefastos y aflictivos. Se trataba de los pugilatos que tuve que litigar en contra de un ser que no quisiera ni aludir pero que, de una forma u otra, todos conocerán. Ya había causado en mi vida muchos calvarios; ya había esputado millares de improperios; ya había propiciado varios infortunios.
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Era sugestivo ver cómo esa carabina se disfrazaba de serafín para atrapar a las personas incautas en su propia traína, en su nefasto artilugio, en su ignominioso ardid. Se vestía de luces al despuntar el alba para despulpar a los papanatas. Se vestía de endrino por las noches para llamar a las fuerzas de la lobreguez. Recuerdo que pude verla en una ocasión con pitones y carnicoles frente al conspicuo arimán.
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Era un día martes, a treinta días de la nochebuena. Entre tantas flores silvestres que adornaban las callejuelas se distinguían dos aromas, la del fresco lodo y la del guiso de las lentejas en cada rancho de mi vecindad. Bajo el tenue sol que alumbraba mi villorrio se veían sólo dos colores, el gris en las nubes y el nácar en las lágrimas de los chavales sin escuela. En las calles fangosas de mis arrabales se escuchaban dos voces a la vez, la de los payadores grillos y la de los niños que lloraban en la miseria.
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Se iba acercando cada vez más la fecha para celebrar la Navidad. Las lluvias seguían inundando los lugares. Los chapatales simulaban una eterna reata de elixir por entre las cañadas. Los insectos cada vez eran más. Los escuerzos seguían la ruta del alimento. Los crótalos ávidos de atiborrarse en demasía con los ambrosianos anuros.
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Era mefistofélico el panorama que se apreciaba. Todo era caótico en derredor. Todo era opaco y sombrío; en el firmamento, en las almas. Todo era fango y frialdad; en el ambiente, en los corazones.
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El año pasado ya pasó; pero quedaron sus destellos que marcaron muchas vidas para siempre.

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El año pasado ya pasó, pero muchas personas seguían ancladas a los melancólicos recuerdos del ayer.
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El año pasado ya pasó, pero aún continuaban las lluvias dentro de las almas y de los corazones.
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El año pasado ya pasó, pero aún seguía soñando con alcanzar el cielo.
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El año pasado ya pasó, pero siempre seguía siendo el mismo hombre pobre.

1 comentario:

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