¿Realmente aún queda algo por hacer para salvar a la humanidad del inmenso caos en el que se abisma?

miércoles, 16 de mayo de 2007

El año pasado

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Las hojas secas sobre la calzada eran un símbolo vehemente de aquella época del año. Fue a principios de octubre cuando había decidido caminar por otros senderos, pero creo que debí haberlo pensado mejor. Siempre me vallaba con personas que servían de tropiezo a mis proyectos. Nunca se sabe a ciencia cierta lo que nos depara el día siguiente -pensaba- simplemente cada día es mejor que el anterior. Decidí encaminarme por otras sendas y explorar un poco el mundo que me rodeaba. No estaba muy seguro de lo que hacía. Siempre tuve la mala costumbre de dejarme llevar por las impresiones de mi ánima. Seguramente era el producto de mi imaginación y mis ganas de alcanzar el cielo lo que me hacía tomar decisiones un poco zascandiles o tal vez -me resigno- era mi mala fortuna y mi pobreza.

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Siempre es bueno tomar precaución cuando se toman decisiones. Nunca se sabe incólumemente lo que pudiera ocurrir. Aunque pensándolo bien, especulaba que todo estaba escrito en el libro de la vida y fatídicamente, quisiéramos o no, todo iba a ocurrir insoslayablemente. Era la marca ominosa que todo ser nacido llevaba sobre sus sienes y la cual tendría que aprender a sobrellevar durante toda su existencia. Quien afortunadamente nació en buenaventura, seguirá solazándose con ella aunque, inhumanamente, se convierta en ruin. Quien desdichadamente nació en la miseria, seguirá sucumbiendo ante ella aunque, afablemente, sueñe -como yo- con alcanzar el cielo.
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Pero no hay ningún motivo para alarmarse; no se debe temer en lo absoluto por ideas tan absurdas como esas. Estaba seguro de que esas ideas sólo eran paranoias de un hombre pobre como yo. No sabría decir si pensaba de esa forma por ser pobre o por no poder alcanzar el cielo. Lo cierto es que era un hombre pobre y quería alcanzar el cielo. Lo cierto es que siempre soñé con alcanzar el cielo por ser tan pobre.
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Había incoado con buen pie mi nueva peregrinación. Me sentía como renovado al pensar que una nueva experiencia me permitiría ahondar mis conocimientos y quizás me daría la posibilidad de estar más cerca del cielo. Estaba convencido de que cada día me iría acercando a ese lugar soñado, pero que, simultánea e irónicamente, se alejaba cada vez más de mí. Esperaba con impaciencia cada detalle que vendría a mi vida como una flama encendida para cambiar tantas cosas, para apaciguar mis tormentos, para llenarme de dicha, para borrar el pasado, para calmar mi dolor.
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Todo era normal hasta que llegaron las prometidas lluvias. Todo era sublime hasta llegar el irascible vendaval. Todo estaba impertérrito, sólo soplaba la brisa y hacía volar las hojas por sobre los collados. Parecía que todo iba a salir bien, sólo que esas siempre fueron las locas ideas de un hombre pobre como yo. No podía pensar en algo más importante que abandonar mis penas al encontrar un poco de providencia. Esa era mi gran realidad. Esa era mi única fortuna.
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Entonces, en las postrimerías de noviembre comenzaron a darse los primeros cambios; cambios realmente nefastos y aflictivos. Se trataba de los pugilatos que tuve que litigar en contra de un ser que no quisiera ni aludir pero que, de una forma u otra, todos conocerán. Ya había causado en mi vida muchos calvarios; ya había esputado millares de improperios; ya había propiciado varios infortunios.
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Era sugestivo ver cómo esa carabina se disfrazaba de serafín para atrapar a las personas incautas en su propia traína, en su nefasto artilugio, en su ignominioso ardid. Se vestía de luces al despuntar el alba para despulpar a los papanatas. Se vestía de endrino por las noches para llamar a las fuerzas de la lobreguez. Recuerdo que pude verla en una ocasión con pitones y carnicoles frente al conspicuo arimán.
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Era un día martes, a treinta días de la nochebuena. Entre tantas flores silvestres que adornaban las callejuelas se distinguían dos aromas, la del fresco lodo y la del guiso de las lentejas en cada rancho de mi vecindad. Bajo el tenue sol que alumbraba mi villorrio se veían sólo dos colores, el gris en las nubes y el nácar en las lágrimas de los chavales sin escuela. En las calles fangosas de mis arrabales se escuchaban dos voces a la vez, la de los payadores grillos y la de los niños que lloraban en la miseria.
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Se iba acercando cada vez más la fecha para celebrar la Navidad. Las lluvias seguían inundando los lugares. Los chapatales simulaban una eterna reata de elixir por entre las cañadas. Los insectos cada vez eran más. Los escuerzos seguían la ruta del alimento. Los crótalos ávidos de atiborrarse en demasía con los ambrosianos anuros.
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Era mefistofélico el panorama que se apreciaba. Todo era caótico en derredor. Todo era opaco y sombrío; en el firmamento, en las almas. Todo era fango y frialdad; en el ambiente, en los corazones.
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El año pasado ya pasó; pero quedaron sus destellos que marcaron muchas vidas para siempre.

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El año pasado ya pasó, pero muchas personas seguían ancladas a los melancólicos recuerdos del ayer.
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El año pasado ya pasó, pero aún continuaban las lluvias dentro de las almas y de los corazones.
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El año pasado ya pasó, pero aún seguía soñando con alcanzar el cielo.
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El año pasado ya pasó, pero siempre seguía siendo el mismo hombre pobre.
Para todos aquellos que gusten de bellas imagenes de la naturaleza y de otras maravillas donde ha intervenido la mano del hombre, tomadas por un lente digital sin mucho tecnicismo, pero hermosas al fin, les recomiendo que visiten a este bloggero:
http://joseluisavilaherrera.blogspot.com

domingo, 13 de mayo de 2007

Mejor que ayer
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¡Cuántas veces había despertado soñando con estar el cielo! Esa es una utopía cuando se es un hombre pobre como yo. Pero en esa ocasión estaba convencido de que esa mañana era distinta a las demás. Había en el céfiro un extraño efluvio de miel y canela que hacía despertar los instintos y hacía olvidar toda pena que pudiese haber en el alma.
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Eran las siete menos doce y mi almadraque yacía sobre los azulejos. Había dormido plácidamente. Era una fresca mañana de enero, cuando la brisa aún trae por las mañanas la fragancia de las flores silvestres y de los mangos maduros. Aparté la frazada de tantos años y me escarpé un poco sobre el borde de la cama y reflexioné por algún instante sobre lo que había vivido ayer. Pasaron sólo seis minutos, me levanté. Creí por un momento que había tardado como media hora. Volví en mí y me incorporé de nuevo a lo que hacía. No sabía qué me podría ocurrir aquel día, sólo llevaba grabada la bella imagen de mi amada y una cándida esperanza por cumplir mis sueños y abandonar las penas de mi vida.
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A veces pensaba que cada día era mejor que el anterior. En realidad cada día es mejor que el anterior. Y, aunque era un hombre que no tenía muchas ideas, siempre creí que cada día era mejor que el anterior. En mi vida aprendí que la vida tiene momentos llenos de dicha, pero muchas personas no lo comprenden. Aprendí que las sombras prevalecen mientras no haya una luz que resplandezca. Y eso muchas personas tampoco lo comprenden. Aprendí que vale más un amor sincero que un amor por dinero. Eso, eso muy pocas personas lo comprenden. Pero, sobre todo, aprendí que cada día es mejor que el anterior y eso... eso es algo que ninguno comprende.
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Aprovechaba siempre las primeras horas del día para soñar con el cielo y aliviar mis pesares, sobre todo mientras realizaba la rutina de cada mañana. Las castálidas estaban siempre allí para saludarme. Y cómo me hacían reír con sus ocurrencias. Quizás ellas eran como yo. Ellas mismas eran como yo. Tal vez soñaban también con llegar al cielo, no lo sé. Sólo sé que me hacían reír con sus ocurrencias. Una vez me hicieron llorar. Estaban todas confabuladas para no hacerme reír, y me hicieron llorar. Bueno, al final de cuentas, me hacían reír. Sí, esa misma vez que me hicieron llorar, también me hicieron reír.
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Era un poco difícil pensar que cada día es mejor que el anterior cuando se es un hombre pobre como yo. Pero más doloroso para mí era estar solo, sin mi amada. Ella se había ido sin despedirse, ella se había marchado sin decir agur. No obstante, seguía creyendo que cada día es mejor que el anterior. También soñaba con alcanzar el cielo, pero eso es una utopía cuando se es un hombre pobre como yo.
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Era necesario para mí tener una idea clara cuando tenía muchas preocupaciones, eso me ayudaba a calmar mis ansias y mi estado anímico. Bueno, en realidad, no eran muchas las ideas que pasaban por mi mente. Sin embargo, trataba de centrarme en alguna con la firme convicción de desentenderme de mis preocupaciones y esa mañana traté de aferrarme a la sola idea de escapar de aquella agonía que sufría. No me fue tan mal después de todo.
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Debía ir al mercado para tratar de encontrarle venta a mis trabajos, así que me vestí y salí al encuentro de esa persona que podría evaluar mis lienzos y se quedaría con el que más le agradara.
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No me costó mucho esfuerzo hacerme con el paquete de cinco lienzos que estibaba todos los fines de semana.
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Nueve, diez, once de la mañana y aún no había encontrado a nadie que apreciara el arte.
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¡No puede ser posible, pensé! Era asombroso cómo la gente desconocía el valor del arte en aquella zona.
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Al fin, una señora ya anciana, cabellos largos y aguedejados. Bastante gibosa por los años que transigía. Vestido de lana y zapatos marrones de talle bajo.
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- Buenos días -musitó ella, con una voz entrecortada que sonaba más a dolor que a regocijo-.
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- Buenos días, bella dama. Era algo característico de mi parte elogiar a los demás.
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- Me parece que has reflejado una escena muy sombría en esa pintura.
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- ¿Usted cree?
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- No lo creo, sólo es la impresión que puedo tener de tu trabajo. Es muy bonita.
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Se estaba refiriendo al trabajo que apenas había terminado la tarde anterior. Se veía bastante emocionada por la forma como se iban rezumando sus ojos mientras miraba el lienzo de un poco más de un metro de largo.
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- Me gustaría llevarlo, pero no creo tener suficiente dinero. Bueno, realmente tengo el dinero, pero debo comprarle a mi nieto su medicina. Él ha estado muy enfermo estos días.
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Por la forma sincera con que me hablaba y por el nudo que sentí en su garganta, accedí a venderlo por muy poco dinero. Al final de cuentas- pensé- no he vendido nada en más de nueve meses. En realidad, sabía que esa mañana era diferente a las demás. Estaba emocionado al saber que había comenzado el nuevo año con pie firme. Estaba a gusto conmigo mismo y con los demás. Sin embargo, estaba aturdido por la actitud de la anciana.
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No podía salir de mi conmoción. Cómo era posible que la persona menos esperada quisiera procurarse uno de mis trabajos y precisamente el último que había hecho. Eso era lo que más me urdía. Me maravillaba sobremanera que el lienzo que acababa de terminar fuera el primero en abandonar mi colección. También me azoraban las palabras que pronunció antes de retirarse y confundirse entre tanta gente. Me dijo: “Espero que recuerdes algo importante en tu vida, si quieres que la gente te valore, valórate a ti mismo”.
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De forma casi instantánea comprendí la primera parte de su sentencia. Se estaba refiriendo al valor de mis trabajos, es decir, el valor que yo quería que las demás personas le dieran a mis trabajos. Pero lo que no me quedó muy claro fue la segunda frase. “Valórate a ti mismo”. Pensé, por un momento, que lo había dicho por mi forma andrajosa de vestir. También pensé que lo decía porque no debía estar triste si no lograba vender mis lienzos. Bueno, al final de cuentas, sabía que debía madurar un poco más.
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El lienzo que ya no figuraba dentro de mi florilegio había inspirado a aquella anciana de una forma nunca antes vista por mí. Me conmovía realmente el saber que a una persona de esa edad le llamara la atención ese tipo de cuadros. Cuando ella se acercó creí que se interesaría por el lienzo de los tres angelitos o por el de las rosas al viento o quizás el del molino de viento con los campesinos en el sembradío. Realmente no creí jamás que se interesaría por el cuadro más tétrico que me había atrevido a pintar. Se trataba de un lienzo un poco extraño, el cual presentaba a un hombre anciano que intentaba subir al cielo por una escalera pero se lo impedían sus piernas que se habían quedado enraizadas dentro de una mezcla de barcia, crústulas y cieno. No era muy difícil comprender el significado de la escena; sin embargo, pareciera que la anciana pudo ver reflejada en la pintura algo más que un simple concepto.
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Eran más de las dos de la tarde cuando decidí regresar a la choza y tratar de comer algún trozo de pan que quedara en el anaquel. Mi madre no estaba cuando llegué, había salido a cortar algunas flores silvestres para colocarlas sobre la mesita de madera que estaba en la sala. ¡Siempre se alegraba cuando teníamos flores en la casa! Decía que la dicha y la felicidad estaban presentes en un hogar donde hubiera flores. A ella no le importaba que fueran flores silvestres. ¡Por supuesto que tenían que ser flores silvestres! ¡No teníamos dinero para comprar flores en el mercado!. Recuerdo que una vez, hace casi veinte años, cuando era apenas un chicuelo, compré una flor en el mercado. La había comprado con la intención de alegrar a mi madre con un detalle. Gasté casi todo el dinero que tenía guardado en la hucha, pero no me importó en realidad. La había comprado con todo el gusto del mundo porque era para alegrar a mi madre.
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Cuando iba de regreso presencié por el camino algo que jamás podré olvidar en mi vida. Observé que llevaban, por una de las calles del pueblo, un maderamen entre cuatro personas. Eran las únicas cuatro personas - aparte del sacerdote- presentes en el funesto. Las cuatro personas eran mi madre, un vecino y mis dos hermanas. Llevaban a descansar, eternamente, a mi padre. No pensé mucho en lo que podía hacer. En realidad, desde ese entonces, comenzaba a tener muy pocas ideas -o quizás las ideas se negaban a esperar por mí- y, a partir de ese entonces, las ideas se empezaban a desvanecer tan pronto como llegaban.
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Sin vacilar, me acerqué y coloqué en el centro del féretro, con un poco de asombro y desconcierto, la flor que había comprado para alegrar a mi madre.
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En realidad, fue a partir de ese plúmbeo día, hace casi veinte años, que aprendí que cada día es mejor que el anterior. Tenía pletóricas razones para pensar de esa manera. Pensaba que la vida estaba llena de momentos llenos de dicha, pero que muchas personas no lo comprendían. Fue a partir de ese día, hace casi veinte años, que verdaderamente aprendí que la vida está llena momentos llenos de dicha, pero muchas personas no lo comprenden.
Las Sombras
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Y el cuarto se iba llenando de sombras paulatinamente con cada instante que ocurría, mientras que apreciaba la luz que exiguamente brillaba. Envuelto en angustias y agonías por tener que libar aquella amargura, me daba consuelo a mí mismo soñando con el cielo como ya era costumbre.
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Era un recinto semiescotado; solo estaban los cuatro lienzos del año pasado, mis desgastados pinceles junto a la pequeña paleta, una banca un poco rota, mis musas y yo. Mis calzones desastrados, mis pies desnudos y mi pecho a la intemperie. Era como un desierto lo que había, era un vestigio a la histeria y al desvarío. Mi cabello no lucía muy bien; sin embargo, se apreciaba mejor que el de otros. Las manos ajadas por la humedad de los colores y por los ortos que tenían. Pero nada de eso me importaba, lo importante para mí eran otros factores. A veces pensaba que nada, en realidad, era importante.
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Yo no era un hombre de muchas ideas; bueno, a decir verdad, tenía muchas ideas, sólo que se esfumaban tan pronto como llegaban. No eran muchas las ideas que tenía; sin embargo, un halo corría por mis venas y gritaba vorazmente. Eran las mismas ideas que en otros tiempos me hicieran recordar a mi bienquista con tanto ahínco. No podía olvidarla aunque quisiera; sólo ella era la luz, sólo ella era la idea. Aunque sentí miedo, lo sé; sentí miedo de saber que ya no era mía; y aunque luché por encontrarla, ella se fue sin despedirse y sin decir agur. Algo la apartó de mí, quizás la arrastró un ciclón o tal vez la impelió un huracán. Sólo sé que sentía vacía mi vida y, aunque quisiera, no podía fruir.
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Todo era opaco, todo me parecía hostil. Los recuerdos de la otra noche vibraban en mi memoria con la misma fuerza y con la misma intensidad con que pintaba el último fragmento de mi nuevo lienzo y hacían de mi vida un completo desdén. Una historia inmerecida, un destino injusto e inexorable. No tenía la culpa de ser como era. Cuantas veces soñé con alcanzar el cielo y sólo encontré pedazos de tristeza y migajas de dolor. Todo era lúgubre a mi alrededor y me torturaban los segundos como llama que se adueña de las algabas en pleno verano.
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Bueno, al final de cuentas, era yo quien debía madurar un poco más. No tenía ni la más provecta idea de cómo lograrlo, pero debía hacerlo. Debía madurar. Parecía mentira, era ella quien me hacía madurar. También era ella quien me ayudaba en la tarea de hacerla madurar a sí misma y, de esa forma, me ayudaba a madurar también. ¿Porqué se fue, porqué me abandonó? Estaba lleno de dudas y lo único que hacía era darme consuelo a mí mismo soñando con el cielo como ya era costumbre.
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Ya las luces no brillaban, ya las sombras eran dueñas del lugar. Como lazos furtivos fueron atrapando los rincones y le daban al lugar un ambiente de nostalgia, de soledad. Los lienzos bailaban al compás de la brisa y mi mano ya marchita se negaba a trabajar. No podía retener la brocha por más tiempo. Era justo que después de tantos tragos amargos mi mente descansara del agobio que sentía. ¡Siempre dejaba, para el final, lo mejor! Y no pudo ser mejor.
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Con hoscos pasos me acerqué a la ventana y, con sórdido movimiento, dejé escapar mi desazón. Apreciaba el mar justo enfrente de mi frente. También veía la misma ardilla de todas las auroras, aquella coqueta y graciosa. Mas mi mente sucumbió ante el recuerdo, ese incesante recuerdo de saber que ella no estaba. Ese recuerdo punzante que maltrataba mi interior. La recordaba y la soñaba, pero ella no estaba. La llamé, sí, la llamé en silencio; pero sé que mi silencio recorrió los mares y los rincones. Mi gélido silencio era mi pertinaz aliado, mi mórbida autocompasión también.
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Ya no quedan hombres libres, pensé. Fenecía de la rabia y de la impotencia por ser como era y por saber como era, un hombre pobre. En realidad era sólo eso, un hombre pobre. No era un pobre hombre, no. Era un hombre pobre. Sólo sabía pintar lienzos cargados de melancolía y decir alguna frase hermosa para alborozar a mi amada. Pero eso no alejaba mi realidad de ser un hombre pobre.
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El año pasado logré cuatro lienzos, pero aún siguen guardados en la mugrienta alcoba. Quienes han visto mis creaciones dicen que son hermosas, pero no quieren pagar un precio justo por ellas. En realidad ni siquiera querían pagarlas. Pero, bueno, al final de cuentas era yo quien debía madurar un poco más.
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Pensaba en mi miseria y pensaba en mi angustia. Mi angustia me hacía miserable y mi miseria me angustiaba. Está bien con una carga, pero dos ya enardecen. Yo era un hombre pobre y ella se había ido, ella se había ido y yo era un hombre pobre. Algunos me dijeron que ella se había ido porque yo era un hombre pobre, otros me dijeron que yo era un hombre pobre porque ella se había ido. Pero, al final de cuentas, ella se había ido y yo era un hombre pobre.
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Me centré en la sola idea de escapar de aquella agonía. Sabía bien lo que me convenía, debía obtener dos cosas a la vez, debía buscar lo que nunca había tenido y debía recuperar a quien había perdido. Debía buscar el hado para dejar de ser un hombre pobre y debía recuperarla a ella para volver a amarla como ayer y borrar así esa angustia que me laceraba las entrañas. Y, sí, me costó. Me costó mucho esa tarea; pero, como siempre, vivía soñando con llegar al cielo y siempre dejaba, para el final, lo mejor. Y no pudo ser mejor. En realidad, todo lo que ocurrió, fue lo mejor.
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Era entrada la tarde cuando irisaba. Era la noche cuando soñaba. Ya las luces no brillaban, ya las sombras eran dueñas del lugar.

domingo, 6 de mayo de 2007

Otra versión más "cargada" de la misma canción se encuentra en el link
http://youtube.com/watch?v=Ywqw7l7Vy4I
Ambas son "tremendas".
Hoy escuche esta cancion que tiene un mensaje bastante reflexivo
http://youtube.com/watch?v=d7Op7Z9EbSw
Te invito a que la escuches!!!

miércoles, 2 de mayo de 2007

LA VIDA


Un fresco y nublado día de invierno

me encontraba, como siempre, meditando
y vino a mí un sentimiento muy tierno;
tanto así que creí que estaba soñando.
Entonces no dudé ni un momento
y decidí tomar mi pluma para escribir
esas palabras nobles que abarcaban mi pensamiento
y que, aunque quisiera, no podría describir.
Esas palabras eran bellas y alentadoras,
tenían un don divino para convencer,
se entrelazaban entre frases sustentadoras
como el arma más eficaz para vencer.
Además pecaría si es que acaso no te digo
que esa emoción era fuerte y fugaz.
En verdad te juro, como un fiel amigo,
que lo que me embargaba era grande y tenaz.
Y, de ahora en adelante, sabrás con certeza
que no exagero cuando me expreso así;
pues, si te dejas llevar por la ilusión y su belleza;
lo que, hasta mí ha llegado, llegará hasta ti.
Es por eso que voy, ahora, a explicarte
un poquito de las cosas que vislumbré;
y, mañana, cuando tengas lo que voy a darte,
despertaré feliz por saber que, a tu alma, alumbré.
De tantas palabras que cruzaban mi mente
algunas de ellas aún logro recordar.
Te insto a que siempre las lleves presente
porque yo, de ellas, nunca me voy a olvidar.
“La vida es hermosa, la vida es alegría,
la vida es crecimiento, la vida es pasión,
la vida es locura, la vida es poesía,
la vida es constancia, la vida es acción,
la vida es paciencia, la vida es verdad,
la vida es conciencia, la vida es honor,
la vida es estudio, la vida es bondad,
la vida es trabajo, la vida es amor”.
Ahora que sabes algunas de las cosas
que, como un regalo, en mi vida aprendí
te invito a que, esas palabras hermosas,
analices una a una, con amor, junto a mí.
Cuando digo que la vida es hermosa
es porque siento en mi pecho felicidad
y porque he tenido muchas joyas preciosas
de magnífico valor y gran autenticidad.
Hubo un sentimiento que me brindó la osadía
para declarar sin penas ni dolor
que la vida es, verdaderamente, alegría;
pues, la he visto muchas veces del más lindo color.
Tal vez te preguntarás por un momento
qué sentimiento puede ser tan especial
como para afirmar que la vida es crecimiento,
entonces yo te respondo: el crecimiento espiritual.
Una vez escribí : “Sentir pasión es de humanos”;
pero espero que comprendas mi emoción.
Cuando unes tu mente, tus fuerzas y tus manos
entonces sientes que la vida es pasión.
Muchos me han llamado, alguna vez, loco;
y eso me enorgullece y me hace suspirar;
pues, me doy cuenta que, en concreto, somos pocos
los que, viviendo una locura, nos podemos inspirar.
Esa inspiración tan bella que nace aquí dentro
y que me desglosa el alma en bella fantasía,
la que ha hecho un nido en todo mi centro,
la que me susurra a todo tiempo: “La vida es poesía”.
“Tanto da al cántaro el agua que algún día lo rompe”.
Esas palabras las aprendí en mi juventud.
Y, viendo cómo la juventud se corrompe,
procuré que la constancia fuese mi gran virtud.
Yo creo que conoces estas palabras:
“Si queremos un mundo mejor, compromiso y acción”.
Entonces confío en que ahora le abras
a tu noble corazón las puertas de la ilusión.
“De nada sirve el arte que no tiene ninguna ciencia.
Ningún valor posee la ciencia que no tiene arte”.
Asimismo; si en tu vida cultivas la paciencia,
creo que nada, nunca, logrará extenuarte.
Yo me inclino a pensar que únicamente
existe una sola que abarca en su totalidad
todo lo que no puede comprender nuestra mente.
“Reconforta tu espíritu con la verdad”.
“Los grandes cánceres como la indulgencia,
la guerra, el hambre y la contaminación
son el producto de la falta de conciencia
de todos los descarados en cada nación”.
Quien se olvide de Bolívar un crimen perpetra.
Él escribió una memoria muy famosa
y la plasmó en el papel con su puño y letra:
“Es preferible la muerte a una existencia poco honrosa”.
Y también “Mi Hermano” dijo con certeza
repleto de una magnífica inspiración:
“Las naciones marchan hacia el término de su grandeza
con el mismo paso con que camina su educación”.
Y, cambiando un poquito el tema,
quisiera hacerte recordar también
un principio presentado bajo la forma de lema:
“Has el bien y no mires a quien”.
No olvides que este mundo al que Dios te trajo
está lleno de misterios y de bendiciones;
una de las más gratas es el trabajo.
Entonces: “¡Trabajemos ya y sin condiciones!”.
Y, para despedirme, lo hago con ternura,
con espíritu optimista y lleno de candor.
Esperando que le sirva a la generación futura
este pequeño mensaje:” “La vida es amor”. .
Destellos de Luz

Oh! Quien pudiera admirarte
verter sus entrañas en tu suave nidal
y sentir tus colores y pudiera robarte
tu imagen preciada de luz especial.
Eres río a la margen , te encuentras ausente;
eres cause sin rumbo y rayos te obligan
a dar los destellos de tus faros presentes
de las tiernas caricias que cubren y abrigan.
No quisiera extrañarte, eso es extraño.
No quisiera olvidarte, eso es normal.
Sólo quiero me alumbres por todos mis años,
sólo quiero reluzcas en cada portal.
Fin de la gota, ya no hay nada oculto,
mi pecho carcomen las ansias del sol.
Tenerte despierta resulta un insulto,
Mis dedos señalan al vasto Seol.
No puedo creerlo, nadie me entiende.
No encuentro la forma de ver mi verdad,
que llevo guardada y que nadie comprende
por ser infinita como es la lealtad.
Auguro otros meses que cambien las olas,
silentes recuerdos que borran mi sed,
mis ganas cautivas con sus carnicolas
y rasgan mis celos a entera merced.
Sabía que siempre la luz era opaca
y alguno me hablaba sin darme su faz.
Quizás ahora entiendo y extirpo la estaca
que amarga la esencia y destruye la paz.
Felice mi vida por siempre brillante;
con luz renovada deseo venir.
Se extingue el gotero que marca incesante
el poco seguro que hace sufrir.
Expresa contenta que tienes talento,
lo tienes de sobra lo sabes muy bien.
Te juro y lo sabes que muy poco miento:
“Esencia divina posees también”.
Por eso te pido con toda clemencia
No olvides dejarme un poco de ti;
quizás si lo olvidas iré a la demencia,
quizás si lo olvidas más nunca yo aquí.
Y vuelvo con ganas de ver nacarada
tus faces brillantes repletas de mar,
a dioses farsantes dejaste grabada
la firme consigna de verte y clamar.
En mundos lejanos te fuiste ajando,
en tierras suntuosas así como así.
Ahora regresas gimiendo y llorando,
Pues no te preocupes, no soy para ti.
Cantaba otras lunas y otros faroles,
miraba los ruidos que cercaban tu piel,
ya casi despiertan y mueren mis soles,
ya casi revive y sueña el tropel.
Aún es temprano, aún no te vayas.
si quieres reposas de tanta aflicción.
Revive, es tu hora de abrir las agallas
y ver que más nada quedó en tu balcón.
Mil veces lo dije a cuello extensivo.
Las grietas del alma son un frenesí;
por eso le llamo con tono pasivo,
tal vez sea prudente que vuelvas a mí.
Fenezco y reniego de tus imprudencias,
hostigo al humilde por ganas de ti.
Aún no despiertas de tanta indulgencia,
aún no retoñas y vuelves a mí.
Una sola verdad se encuentra a la vuelta
de esquinas mezquinas, de tanta ansiedad.
La digo y pronuncio dejándola suelta,
creyéndome un necio hablando verdad.
No digo que exista una tan prodigiosa
manera sublime de hacerlo saber,
sólo pienso que pienso en anuras melosas
y tú que me quemas con sólo volver.
Esa turbia mirada que tiene un hechizo
tan mago y tan culto que logra esquilar
mis ansias por dentro del rojo cobrizo
y fuera del plasma que puedo alquilar.
Lo digo y repito, no pienso rendirme.
Necesito ese trono y podré conquistar
si empeño la gota y pretendo salirme
de esta rueda placera que no puedo enquistar.
Ahora comprendo porqué sientes penas
acaso presumes que soy de metal,
lo sé, no es tu culpa; son tantas faenas
que roban tu aliento, tu tierno cristal.
No obstante calmados los dos centraremos
tu belleza y mi entorno para ser un crisol
que refulja en los valles, si juntos lo hacemos.
Me iré caminando de aquí hasta el sol.
Es más que belleza, es firmamento;
es pura sonata lo cierto del fierro.
Encierras mi vida con ese sustento,
verás como rompo cadenas de hierro.
Por ser todo entero, también encrespado
en la hora que pueda comer de tu ser.
Verán mis amigos el cielo estrellado,
yo mismo veré lo que tenga que ver.
Y nadie me hace salir del camino,
lo siento y lamento pero voy a morir
creyendo que tengo un solo destino,
queriendo la estrella que quiero partir.
Y nunca lo dudes, me siento nervioso,
mis dudas se han ido y llegan al Sur.
Presiento que siento un don misterioso,
mis penas se fueron, dijeron Agur.
Así es como quedan por siempre las cosas
quebradas de tanto venir y volver,
cual vuelan y ríen las dos mariposas
que allí en tu vientre estuvieron ayer.